Liner Notes
Hace tres años, en julio, de regreso desde N.Y., en el vuelo 9006 de JAL, escuché una antología de música cubana editada por David Byrne. “Llegué, Llegué” era la séptima pista. Todavía hoy no puedo olvidar aquella primera conmoción.
En parte porque la elegí como tema musical de “Topaz” (Tokyo Decadence), debo de haberla escuchado ya varios cientos de veces, y sin embargo no me canso de ella. En mi tercer viaje a Cuba, me invitaron al estudio EGREM, donde me dejaron oír el álbum “Los Van Van,” en el que “Llegué, Llegué” es la primera pista. Cada canción era magnífica. No era solo que fuera música magnífica: llegué a sentir como si hubiera hecho algún gran descubrimiento, como arte.
No escucho rock desde los Pistols. Cuando aparecieron los Pistols, pensé: “El rock ha muerto, y solo queda el beat.”
Después de eso escuché reggae, salsa neoyorquina, la música folclórica de Asia, de África y de Oriente Medio, el jazz-fusión de la costa oeste estadounidense, música de cine, y oldies de toda clase imaginable — pero no me ocurrió nada que pudiera llamar una experiencia musical. (Dejando aparte la música clásica.)
Fue en un momento así cuando me encontré con el álbum “Los Van Van.” De camino de Cuba a Japón lo habían copiado a un casete, y lo escuché entero con Ryuichi Sakamoto en una habitación de hotel en N.Y. Fue la primera vez que Sakamoto y yo escuchábamos un álbum entero juntos, de principio a fin (dejando aparte las grabaciones del propio Sakamoto).
“Hicimos este álbum apuntando al más alto nivel. Por favor, quiero que lo escuchen.” En la carátula original hay una “declaración” así, del líder, Juan Formell.
La obra maestra que Los Van Van, la banda cumbre que representa a Cuba, crearon en 1974, se ha convertido ahora, por primera vez en el mundo, en un CD de esta manera.
Declaro con convicción que es un monumento de la música popular a la altura del “Sgt. Pepper’s” de los Beatles, el “Beggars Banquet” de los Rolling Stones, y el “Electric Ladyland” de Jimi Hendrix.
Ryu Murakami
